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El impacto ambiental y social de los alimentos


El impacto medioambiental y social de los alimentos que compramos

Consumir alimentos que recorren decenas de miles de kilómetros, comprar en grandes supermercados y cadenas de distribución son decisiones individuales que generan un impacto social y ambiental que en ocasiones desconocemos: transportes innecesarios que agravan la huella ambiental, desplazamiento y precariedad del campesinado local, fomento de la agroindustria en detrimento de la agricultura natural, destrucción del pequeño comercio de barrio, verdadero motor de la economía, e incremento de la brecha social.



El neoliberalismo entra en nuestra cocina

Traducción de un artículo de Albert Sales, sociólogo y politólogo, miembro fundador del Colectivo RETS y activista contra las violaciones de los Derechos Humanos y Laborales que cometen las Empresas Transnacionales. Profesor asociado al Departamento de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Pompeu Fabra. Desde el 2005, impulsor de la Campaña Ropa Limpia en Cataluña.Artículo publicado originalmente en:

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Supermercados, no gracias 


Que el señor Roig, propietario de la cadena de supermercados Mercadona, admita haber hecho cuantiosos donativos a la FAES no debería sorprendernos. Al fin y al cabo, la fundación presidida por José María Aznar es la principal institución generadora de pseudoestudios científicos justificadores de las políticas neoliberales. Y las cadenas de distribución de alimentación son la puerta por donde el neoliberalismo entra, literalmente, en nuestras cocinas.

Por mucho que los libros de texto escolares aunque salga aquello de que el pescado se compra en la pescadería y la fruta y la verdura en la frutería, la mayoría de niños y niñas tienen claro que estos productos se compran en supermercados igual que la carne, los lácteos, las bebidas, las legumbres y tantos otros. El formato de distribución alimentaria y de venta al público que nos resulta tan familiar apareció en nuestro país en los años 50 y se popularizó a partir de los 80. Hoy, la mayor parte de la ciudadanía vive cerca de uno de los más de 7.000 establecimientos de autoservicio que hay repartidos por el territorio.


Los más frecuentados de estos establecimientos son propiedad de un número muy limitado de empresas. Carrefour, Mercadona y Eroski concentran la mitad de las ventas de productos alimenticios en formato autoservicio en España. La mayoría de las corporaciones dedicadas a la distribución alimentaria también actúan en otros sectores. A nivel internacional, empresas como Walmart, Lidl, Aldi o Carrefour, se están convirtiendo en el espacio habitual donde los consumidores y las consumidoras adquieren ropa, material electrónico, menaje del hogar, viajes, servicios de telefonía, y hasta pólizas de seguro. La importancia de la distribución comercial ha posicionado a una empresa de comercialización minorista, la estadounidense Wal-Mart, entre las tres compañías con mayor facturación del planeta.

Aunque las grandes empresas minoristas ponen muchos esfuerzos en publicitar de qué forma nos facilitan la vida, no faltan críticas a su modelo de negocio y a sus abusos de poder. La relación entre el poder de las grandes superficies comerciales y la depreciación de los productos agrícolas es ampliamente conocida gracias, sobre todo, a las movilizaciones que los agricultores llevan a cabo de tanto en tanto. Entre diciembre de 2011 y enero de 2012 hubo una oleada de movilizaciones de los precios de miseria que pagaban las grandes cadenas Lidl y Aldi a los agricultores de tierras valencianas, murcianas y andaluzas. En el verano de 2012, ganaderos británicos realizaron ruidosas protestas por los precios que los supermercados pagan por la leche. En mayo y junio de 2013, los agricultores canarios regalaron patatas a la gente en las entradas de los supermercados de Las Palmas en protesta por unos precios inferiores a los costes de producción.

En el terreno de las relaciones laborales, sindicatos y movimientos de defensa de los derechos laborales han denunciado prácticas antisindicales tanto en centros de trabajo dedicados a la producción para estas empresas como en los centros de comercialización. En el caso de Mercadona, a pesar del esfuerzo de la empresa para presentarse ante la clientela y la plantilla, como una compañía modélica en materia de relaciones laborales, las denuncias de trabajadores por llevar al límite las presiones para evitar bajas laborales y por despidos relacionados con enfermedades o permisos de maternidad son muy frecuentes. Los abusos laborales y la precarización del trabajo es una constante en todas las cadenas de distribución. En 2007, por primera vez, sindicatos alemanes, franceses, rumanos, checos y polacos se movilizaron de manera coordenada para protestar por la política de recursos humanos de Lidl.

También son cada vez más las organizaciones ecologistas que critican la insostenibilidad de las prácticas de los gigantes de la distribución por las distancias recorridas por los productos, la movilidad que también realizan las personas consumidoras, la excesiva utilización de envases o el deterioro de los sistemas de producción tradicionales. Un estudio de Amigos de la Tierra de 2008 señalaba que un supermercado produce tres veces más emisiones de dióxido de carbono por metro cuadrado de superficie de venta que una tienda tradicional. Otro trabajo presentado en Cataluña en mayo de 2010 aseguraba que comprar a un supermercado conlleva un gasto de energía 6 veces superior que hacerlo en un mercado tradicional.

El tejido urbano y sus relaciones sociales dependen en gran medida de cómo se articula la actividad comercial. Una red densa de establecimientos comerciales de proximidad genera un uso de las calles y el espacio público que va más allá del mero tránsito entre la vivienda y el lugar de trabajo. Los espacios de intercambio y de conocimiento mutuo entre vecinos que se dan en los ejes comerciales de los barrios y las ciudades se deterioran sustancialmente cuando el número de negocios se reduce por el efecto concentración que ejercen los supermercados e hipermercados.
En algunas zonas rurales de EEUU se habla ya del efecto Walmart consistente en el efecto combinado de la destrucción del pequeño comercio por la competencia de esta gran cadena, y la progresiva desaparición de los negocios y profesionales como carpinteros, vidrieros o asesores fiscales, que trabajaban para los negocios familiares y que ahora no tienen clientela.

Crecen las iniciativas críticas con el modelo de negocio que representan las grandes cadenas de distribución globales hasta el punto que el día 17 de noviembre se ha señalado como día internacional de lucha contra el supermercadismo.
Pero se reducen las opciones de que disponemos los consumidores para acceder a los productos básicos y se minimizan los canales de distribución a través de los cuales los productores pueden llegar a comercializar su producto. 110 cadenas de distribución y centrales de compras monopolizan la relación entre las personas consumidoras europeas y los agricultores y las empresas de alimentación. Estas 110 empresas imponen sus condiciones a ambos extremos de la cadena y exigen un producto al servicio de sus necesidades logísticas, dejando fuera del mercado a explotaciones agrícolas familiares, y muchas pequeñas empresas de transformación social.

Lejos de buscar la libre competencia, la retórica neoliberal justifica políticas que conllevan la utilización del Estado para generar situaciones oligopolísticas que favorecen a las grandes empresas. El libre comercio, la desregulación de los mercados laborales y la desaparición de cualquier indicio de protección social, amplía el poder de grandes corporaciones que, como Mercadona, terminan reduciendo nuestras opciones de consumo. El resultado: el señor Juan Roig ya posee la segunda fortuna de España, valorada en 4.230 millones de euros, y ocupa el lugar 219 del ranking mundial de la revista Forbes.

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